EL REGALO INESPERADO 🍒


Siempre he pensado que los regalos deberían venir acompañados de ciertas garantías.

Una presentación decente, por ejemplo. Una tarjeta, un lazo bonito y, si fuera posible, alguna indicación sobre lo que se supone que debemos hacer con ellos.

No me parece pedir demasiado.

Sin embargo, la vida tiene un concepto bastante particular de la cortesía.

A veces nos entrega algo sin previo aviso, sin instrucciones y sin siquiera molestarse en explicar por qué lo ha elegido para nosotros.

Y lo más desconcertante es que, al principio, ni siquiera parece un regalo.

Puede llegar disfrazado de un cambio de planes, de una coincidencia improbable o de una de esas situaciones que nos obligan a mirar dos veces para comprobar que hemos entendido bien.

Una se queda observando el paquete imaginario, preguntándose si habrá ocurrido algún error en el reparto.

Esto no estaba en mi lista.

Pero nadie responde.

Y tampoco existe un departamento de devoluciones.

Con el tiempo, naturalmente, una aprende a desconfiar un poco menos de los envoltorios extraños.

Dicen que un año puede cambiar muchas cosas. Dos, todavía más.

Aunque hay quien habla del tiempo como si fuera apenas un detalle administrativo.

Lo curioso es que el tiempo rara vez consulta nuestra agenda. Tiene sus propios métodos, una puntualidad francamente discutible y una imaginación que, en ocasiones, supera incluso a la de los escritores.

Y así, casi sin darnos cuenta, ciertas cosas empiezan a cambiar de lugar.

Lo que antes parecía imprescindible se vuelve opcional.

Lo que exigía largas explicaciones deja de necesitarlas.

Y aquello que creíamos que debía resolverse de una determinada manera encuentra, para nuestra sorpresa, una solución completamente distinta.

No siempre más espectacular.

A veces, simplemente, más tranquila.

Con los años también he aprendido algo sobre la memoria.

Tiene sus preferencias, sus pequeños caprichos y una habilidad extraordinaria para reorganizar los recuerdos sin pedirnos permiso.

Pero hay algo que me gusta conservar: la certeza de que los gestos sinceros no pierden su valor porque una historia haya tomado un rumbo inesperado.

La confianza que ofrecimos fue real. También lo fueron las ganas de ayudar, las conversaciones que nos hicieron sonreír y esos pequeños actos de cariño que nunca necesitaron una explicación.

No todo tiene que ser perfecto para haber sido hermoso en algún momento.

Y no hace falta arrepentirse de lo que una dio de corazón para aprender, con el tiempo, a elegir de otra manera.

Quizás el regalo inesperado sea precisamente ese: descubrir que podemos conservar lo mejor de nosotros sin tener que conservarlo todo de una historia.

Y hay que reconocer que la tranquilidad tiene cualidades extraordinarias.

No exige atención constante. No compite por el protagonismo. Nunca interrumpe un desayuno para plantear cuestiones que podrían haberse resuelto con un poco de sentido común.

Y jamás, bajo ninguna circunstancia, ha necesitado que le expliquen dos veces la misma cosa.

Es una compañía bastante sofisticada.

Además, tiene la delicadeza de permitirnos hacer planes sin convertirlos en negociaciones internacionales, con sus rondas previas, sus pausas técnicas y su comunicado final.

Levantarse tarde un domingo. Tomar café sin mirar el reloj. Caminar por una ciudad desconocida. Sentarse en una terraza simplemente porque el lugar resulta agradable.

O entrar a una tienda y salir con una cartera nueva.

Esto último, por supuesto, no constituye una necesidad.

Constituye una decisión estética.

Y no pienso discutirlo.

Con nadie.

Quizás una de las sorpresas más agradables de cierta etapa de la vida sea descubrir que no hace falta llenar todos los espacios.

Que el silencio puede ser cómodo.

Que cambiar de opinión no requiere una conferencia de prensa.

Y que disfrutar de la propia compañía no significa haber renunciado a la de los demás.

Hay una diferencia considerable entre estar sola y sentirse sola.

Como también la hay entre esperar algo y descubrir que, después de todo, ya no lo necesitamos.

Pero los regalos más curiosos suelen guardar su verdadera naturaleza hasta el último momento.

Uno cree haber recibido una interrupción y resulta que era una oportunidad.

Cree haber perdido una dirección y descubre un paisaje.

Cree que la historia terminó en una página determinada y, al dar vuelta la hoja, encuentra un capítulo que ni siquiera sabía que quería escribir.

Porque hay regalos que no se reconocen cuando llegan.

Se reconocen cuando, mucho después, comprendemos lo que hicieron posible.

Y entonces sucede algo bastante divertido.

Ya no sabemos muy bien a quién darle las gracias.

Tal vez sea mejor así.

Después de todo, los mejores regalos no siempre llevan el nombre de quien los hizo.

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